Un libro perfecto 8
Írgend escribe el final del Libro perfecto.
El final de esta historia no es nada impresionante. De hecho, me fue tan decepcionante que me he tomado la molestia de pasar por completo de los detalles de los siguientes hechos que atestigüé. En resumen, se trata de lo siguiente:
Ya bien entrado en sus XXX, Írgend regresó a Útod y se dirigió a la extraña casa construida en las entrañas de la colina frente al parque de las flechas. Yáubu ya había muerto, y en su lugar estaba otro viejo de aspecto similar. Al principio quiso dejarle su encargo e irse de inmediato, pero le entró una extraña nostalgia y pidió pasar a la sección de su abuelo. Al llegar, ésta seguía casi completamente igual; todo había sido mantenido igual de limpio y ordenado como siempre. Únicamente se habían llevado la computadora y los libros. No se molestó en averiguar a dónde. Prometiéndose nunca más regresar, salió de ahí para buscar al nuevo cuidador. En un pasillo reparó en un joven que caminaba hacia él: era el hijo de Séker, ya hecho un hombre, que se dirigía hacia su sección para trabajar en su Libro Perfecto. Platicaron un momento, notando Írgend la poca similitud fisonómica que tenía con su padre, que compensaba con una gran similitud en el tono de voz y las expresiones tan joviales. De él se enteró que Séker había muerto hacía cinco años, víctima de un infarto. También supo que su esposa estaba embarazada y esperaban a su primer hijo. Al saber eso, Írgend cambió de planes; pensaba entregarle al encargado el USB con la nueva versión del libro perfecto, pero de inmediato se lo entregó a Hóuye, como se llamaba el hijo de Séker. Hóuye se quedó de piedra ante tal ofrecimiento, a lo que Írgend refirió el deseo que una vez tuvo su padre de ser el poseedor de aquel Libro Perfecto. Írgend no se sorprendió de que Hóuye no demostrara algún tipo de pesar por tener ahora dos libros perfectos de los que hacerse cargo. Éste le confesó con algo de pena que su padre ya le había dado a conocer el contenido de ese libro desde que era pequeño, pues habían guardado una copia electrónica de todas las versiones desde que Kiént Bán vivía, y reconoció que el actual aporte a su Libro Perfecto tenía mucha influencia del de Kiént Bán. Hóuye estuvo muy contento de recibirlo, y pasó unos segundos contemplando el USB como si guardara un tesoro o como si lo hubiera ungido un kény. Antes de irse, Hóuye le preguntó a Írgend si había hecho muchos cambios, y a juzgar por su sonrisa expectante creía que iba a decir algo como: “Ya no lo reconocerías”, o “He creado algo totalmente nuevo”. Sin embargo, Írgend, con ganas de esconder la cara, dijo: “En todos estos años, sólo agregué una cosa de nada. Está justamente al final”. Y no dejando que la decepción y perplejidad terminaran de manifestarse en Hóuye, se fue de ese lugar y nunca más volvió.
Una vez en su sección de la casa, Hóuye atravesó volando las decenas de vitrinas que contenían la historia del Libro Perfecto que le diera su padre, y de la emoción le dio trabajo introducir el USB en el puerto de la computadora. Al abrirse, un vistazo rápido le hizo comprobar que se trataba de la versión de Kiént Bán (a quien varias veces había leído para inspirarse) completamente intacta, y recordando las palabras de Írgend, hizo avanzar el documento hasta el final, y ahí, separado por apenas un espacio del final escrito por Kiént, se encontraba el minúsculo aporte que Írgend había añadido a aquel Libro Perfecto. Al leerlo, Hóuye se sintió desconcertado y algo enojado al principio, y pasó largo rato meditando con toda la fuerza de su mente en qué había estado pensando Írgend al escribir aquello. No fue sino hasta bastante rato después, ya en su casa, a punto de dormirse al lado de su esposa encinta, sintiendo finalmente que su día se acababa, que le pareció comprender la razón y la importancia del aporte de Írgend a su Libro Perfecto, y convencido de esa revelación, se durmió en paz.
***
El aporte de Írgend, aquel que había tardado más de veinte años para tener el valor de escribir, decía lo siguiente:
Fin
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