"Yo no odio ni condeno." Y me llamaste buena persona, pues no odié ni condené aquello que no creías merecedor de odio y condena. "Yo no odio ni condeno." Y me llamaste mala persona, pues no odié ni condené aquello que sí creías merecedor de odio y condena.
El hombre sin pies pisó al hombre sin manos. Éste respondió con un puñetazo. El hombre sin boca les dijo que dejaran de pelear mientras el hombre sin cara miraba todo con desapruebo. El hombre sin cabeza reflexionaba sobre sus compañeros. El hombre sin cuerpo se reía de todos.
Toqué la puerta. "No hay nadie", respondieron del otro lado. Volví a tocar. "No hay nadie", repitieron. Desesperado, entré por la fuerza, y en efecto no había nadie.