Kelkán Madí 2
Ákel relata cómo conoció a Thiago, el prometido de Kéya.
Llegará el martes, el martes, el martes llegará.
—Ákel, es tu turno.
No me doy cuenta de quién me habla hasta que queda en mi campo de visión. Es Deván, que me obliga a levantar la vista del suelo. Llegará el martes, en sólo cuatro días. Me acompaña hasta la salida. Su boca se mueve; escucho su voz, pero no la entiendo porque los aplausos del público se mezclan con el adormecimiento de mis oídos. De pronto ya estoy en la arena. No proceso los rasgos de mi rival; es una idea lejana, una sombra que no logra quedarse en mi memoria aunque esté frente a mí, aunque se mueva y me diga cosas que no entiendo. El martes llegará.
“Estás como muerto”, dijo Deván, que había terminado su rutina de pesas, y se preocupaba porque Ákel apenas y se movía sobre la caminadora.
“Es el viaje”, dijo Ákel.
Deván se le acercó: “¿Se te quitará esa modorra para tu pelea?”, pero la cara gris de Ákel le hizo darse cuenta de que su buen humor de costumbre no lo ayudaría.
Suena la campana. El réferi se aparta. Mi rival se acerca. El martes llegará.
Me pongo en guardia, creo. Y entonces veo objetos contundentes que imitan a los meteoritos contra la atmósfera. Uno y dos, tres y cuatro, cinco y seis, los veo todos claros. Alejarse, esquivar, retroceder. Se detiene un segundo, luego se me abalanza; me sujeta e intenta patearme. De algún modo me zafo, intento torcerle una mano pero me patea en una pierna. Hay entonces un juego de intimidación, como dos leones que no se atreven a dar el primer golpe tras medir la fuerza del rival. Pienso en el martes, que llegará en cuatro días. Esa lentitud del tiempo, el temor que ese anillo provocó, se vuelve mi aliado cuando mi rival finalmente se arriesga a golpearme. Siento muy lento su golpe, tan lento como la mano de Kéya corriendo hacia mí. Siento una ira que nace de mis pies y sube por mi cuerpo. Me sujeta y nos hace forcejear, a ver quién lleva al otro al suelo primero. Pero no quiero ir al suelo todavía, porque el martes llegará, y no me gusta el suelo, y porque Deván me había dicho: “escuché que Kéya se comprometió con un brasileño, tal vez uno con el que entrenamos cuando estuvimos en Brasil”, porque me arden los puños, porque el anillo está en el dedo de Kéya, porque ella practicaba sus ataques conmigo, porque logré atinar un codazo en el abdomen de mi rival, porque ataqué su mandíbula con un puño, porque cayó al suelo y porque le caí con golpes, y golpes, y sería el martes su llegada, y golpes, y me lo presentaría, y golpes, y yo tendría que sonreírle, y golpes, y estar ahí mientras se besaban, y golpes, y hablarán de la boda, y golpes…
***
Deván era de los que sólo notaban lo importante cuando ya no había manera de hacer nada. Era Ákel el que lo despertaba de madrugada, lo arrastraba de la cama y lo llevaba a practicar antes que todos, antes de los amaneceres selváticos, citadinos, playeros, montañosos y desérticos. “Kéya no está durmiendo”, le decía, “así lo sé”. Desde Brasil parecía haber adquirido un cuerpo sin estrenar, inmune al cansancio y al dolor. “Acabará por cansarse demasiado cuando tenga que luchar de verdad”, se decía Deván todo el tiempo, pero siempre se equivocaba, porque Ákel no volvió a perder una pelea desde su derrota contra el brasileño. En compensación, los bríos de Ákel lo fortalecían colateralmente, pues no fueron pocas las veces que, durante una pelea, Deván recordaba el ímpetu de su amigo, y unos celos profesionales le daban el impulso suficiente para aguantar más de lo que habría hecho de otra forma. De ese modo se consideró su aprendiz. Incluso ante los demás entrenadores siempre mostraba preferencia por la opinión de Ákel: “Fíjate cómo ese tipo retrocede demasiado la mano hacia atrás antes de golpear, cree que así golpeará más fuerte, pero sólo se vuelve predecible…”. De tanto estar con él, de formar parte de su energía, no pudo menos que sorprenderse cuando volvió como si hubiera salido de una cirugía sin anestesia. El ídolo había sido derrotado en alguna extraña batalla a la que había ido completamente indefenso. Todos los síntomas se habían desarrollado durante su viaje, ante sus ojos: Kéya para todo, Kéya como su fuente de energía, siempre presente en sus conversaciones y en sus hipótesis, en sus corazonadas y en sus meditaciones. No obstante, sólo al ver la ira con la que Ákel golpeaba a su rival, Deván despertó a la idea de que Ákel sufría de algo tan insoportable, que lo hería tan en lo profundo, que le pareció que durante sus años de viaje había estado realmente ciego y sordo cuando creía estar aprendiendo de él.
***
Pensé que me daría fiebre el martes; sentía calor con todo y que desde hacía días que nos llegaba un viento originario de Siberia que, en su camino por el océano Pacífico, fue calmando su frialdad hasta volverse de una temperatura agradable cuando tocó Dyánz. Acompañé a Kéya en el uber hacia el aeropuerto. En su emoción no notaba mi rigidez y que mi sonrisa era forzada, ni que con el jugueteo de mis pies pretendía ventilar mis ganas de salir corriendo. Pero ella estaba tan feliz; hablaba casi sin parar de él, de la historia detrás del anillo que no dejaba de mostrarme y cuyo brillo me hería la vista, y las únicas veces que se callaba era para mirar al vacío con una expresión nueva para mí, que podría bien calificarse de estupidez y esperanza, o como alguien que se sabe viviendo sus más grandes sueños y que se regocija en la droga de sus expectativas a futuro. No logré recordar ningún otro momento en el que se hubiera visto remotamente similar. Repasé todo lo que mi memoria me lo permitió: cada fiesta de cumpleaños, al abrir cada regalo, cada victoria en algún torneo, cada graduación, cada vez que vio su película o escuchó su canción favorita, cuando salió con sus novios, cuando nació su hermana, cuando su padre se recuperó de un accidente laboral. Ningún rostro de felicidad encajaba; todos eran de tipos diferentes de alegría que se quedaban cortas o eran exageradas según la situación. Esa alegría nueva era un enigma, y me desgarraba no sólo no poder comprenderla, no sólo por no haber podido ser parte de ella durante toda nuestra vida, sino también porque yo no la causaba, porque la felicidad que yo llegué a causarle no era diferente de la que le causaba un simple día en la playa o un postre frío en una noche de calor; el simple dulzor de una pera le había hecho expresar alegrías más profundas que cualquier otra cosa que yo hubiera hecho para, intencional o inintencionalmente, hacerla sentir bien. Así pensaba durante ese desesperante trayecto. Pero sin importar qué, no podía dejar de contemplarla y mostrarle mis dientes como si todo lo que me dijera me hiciera gracia, y ella nunca notó que su ensimismamiento le impedía ver el desastre en que estaba mi interior.
Llegamos al aeropuerto a las cinco de la tarde. Esperamos más de media hora a que llegara el avión. Cada vez que escuchaba la voz de la mujer que anunciaba los vuelos que llegaban, algo en mí se entumecía: primero las piernas, luego los brazos, luego el estómago. En cambio, ella parecía llenarse de vida cada vez que dicha voz sonaba, como si con cada vuelo que llegara antes aprovechara para tomar impulso, uno que se desbordaría en el momento en que finalmente anunciaran el vuelo correcto, y parecía que entre más fuerza acumulara, podría salir disparada con más presión. Me retorcí imaginando que ese ímpetu que el tiempo alimentaba en ella se manifestaría en la forma de besos y abrazos que serían como gotas de ácido en mis entrañas, por eso una parte de mí deseó que se apurara a llegar, que terminara de una vez en lugar de incrementar el magma del volcán que extinguiría toda la vida de mi mundo, que me diera al menos una pequeña isla en la que sus cenizas no me asfixiaran.
El avión llegó. Yo no recuerdo haber oído que lo anunciaran, fue Kéya la que se puso de pie de un salto, se quedó rígida un instante, y luego se reblandeció para decir con la cara roja y con voz perdida: “Ya llegó”.
Las imágenes que siguieron fueron surreales: un río de gente descendiendo del avión y pasando por el control, un monstruo de mil cabezas de las cuales una sería aquél. Corté las cabezas con la mirada, una a una, pero a diferencia del Hidra del Lerna, éstas no volvían a crecer, sino que se prestaban al juego de encontrar por eliminación, se dejaban morir para abrirle paso a ese ser con las características ya tan memorizadas debido a las constantes descripciones que Kéya me había dado: un brasileño de veinticuatro años, muy moreno, sin cabello, ojos verdes, torso amplio, piernas cortas, nariz pequeña, brazos con vellos abundantes, de mirada pacífica que parece un cuadro con la luz de la tarde, con una sonrisa que motiva a todos a sonreír con él, con ojos que se abren en un gesto gracioso cuando se sorprende, con unas orejitas que dan ganas de acariciar, y una cabeza por la que cualquier regazo querría volverse almohada. Kéya lo encontró antes que mi vista: “¡Thiago!”, su grito me atravesó de oído a oído. Ahí estaba, saliendo de entre los demás peces del río, levantando la mano, exhibiendo los brillantes dientes de su enorme boca de bacalao. Kéya salió corriendo, y él extendió los brazos.
¿Cómo explicar el impulso que me hizo cerrar con fuerza los ojos y bajar la cabeza, que de seguro fue mucho más intenso que el estallido con el que sus dos cuerpos se encontraron? Sentí, ¡por los dioses!, sus brazos rodeándose y sus bocas besándose, como si sólo por esa vez se me hubiera concedido el don de la omnipresencia y me encontrara ahora mismo no sólo entre ellos, no sólo frente de ellos, no sólo por encima de ellos, sino en ellos mismos en cuerpo y alma, como si fuera yo el que abrazara a Kéya y a Thiago, como si fuera sus espaldas derritiéndose, sus labios mojándose, sus piernas tambaleándose, sus cabezas volando por espacios vacíos vetados para mí. Mi omnipresencia rápidamente me abandonó y me sentí entumido; mi cuerpo era pura estática, electricidad rebotando por debajo de mi piel, agua que pasaba de hervir a congelarse. Alcé la mirada; ya se habían desprendido y caminaban hacia mí.
***
De nombre Thiago Pereira, de profesión luchador especialista en jiu-jitsu y capoeira, enriquecido con yúndáo danzilmarés, partió de Brasilia para reunirse con su prometida, la danzilmaresa Kéya Wáns, en la ciudad de Dyánz, en la península oriental de Danzílmar. Descendiendo del avión, su prometida fue a su encuentro acompañada de su estimado amigo Ákel, un tipo que lo superaba en altura por una frente, de mirada como de lanza, que resistía rodillazos en la cabeza y hacía doscientos abdominales como calentamiento, según el testimonio de su prometida. La presencia de Thiago no pareció producir en Ákel otra reacción que la de escepticismo, evaluando con ojos recelosos como los de un hermano mayor que por primera vez está ante un posible cuñado, decantándose por un rechazo apresurado. Por tal motivo, Thiago traga saliva al estar frente a Ákel, y deja que Kéya haga las presentaciones:
—Ákel, él es mi prometido Thiago.
El brasileño precipita un saludo de cabeza.
—Hola, es un placer —su marcado acento y su tendencia a pausarse indica que su entrenamiento en la lengua danzilmaresa no ha sido todavía muy extenso—, Kéya me ha hablado mucho de ti.
—De ti también —Ákel regresó el saludo de cabeza.
Algo detecta Thiago al ver de cerca la cara de Ákel, algo que le hace sonreír mostrando sus grandes dientes blancos y mirarlo como a la distancia.
—¿Una vez estuviste en Brasil?
—Sí —Ákel responde extrañado, y luego como si recordara—: fuimos a Brasilia durante nuestro viaje.
—¿Eres tú ése entonces? —Thiago se emociona, y como si tuviera toda la certeza del mundo, toma la mano de Ákel y la sacude con admiración— Eres tú el del entrenamiento… eh, ¿cómo se dice?... estábamos todos reunidos… tú peleabas contra Luiz… el grande… el del pelo largo… fuiste el que resistió más contra él, ¿recuerdas?
En efecto, Ákel recordaba.
—Perdí esa pelea —la expresión incómoda.
—Pero lograste enojar a Luiz… nadie antes le dio tanto trabajo… todos hablaron de ti desde entonces.
***
El camino en uber a la casa estuvo lleno de recuerdos de aquel día que, para Thiago, parecía haberse quedado como un evento único que mereciera su propio día festivo. Si sus intenciones eran ganarse la confianza de Ákel por medio del halago excesivo, no hubo señales evidentes de falsedad o mala fe, aunque eso podría deberse más al estado de conmoción de Ákel y de fascinación de Kéya. Pero por más que la razón hiciera suponer que se valía de la exageración, lo que más resaltaba en él era la especie de cariño distante que tenía para con Kéya: durante todo el trayecto, Ákel vio por el retrovisor cómo Kéya no dejaba de acariciar su marcada barbilla mientras él hacía como si no la sintiera; sus expresiones contrastaban entre un cínico embobamiento por parte de Kéya y una nerviosa felicidad por parte de Thiago. Ákel sintió un escalofrío al pensar que, ahí donde el reflejo no le permitiera ver, sus manos se entrelazaban enmarañando los dedos, o se acariciaban los muslos o alguna otra parte, y de inmediato rodó los ojos hacia el tráfico de enfrente, y vio un auto en el que unos niños se peleaban por algo. La simple aparición del concepto de pelea, aunque fuera entre niños, hizo latir su corazón como en estado de peligro, como cuando había sido derrotado por el brasileño paisano de Thiago. Se le engarrotaron las manos en forma de puño. Escuchó un beso muy claro proveniente de la parte de atrás; era obvio que, aprovechándose de que había desviado la mirada, habían decidido besarse como si estuvieran eludiendo a alguna autoridad que de otro modo se los habría impedido. A eso lo habían reducido: a un estorbo al que tenían que halagar para domarlo. Lo decidió por fin; una cosa era que Thiago hubiera echado por tierra todo lo que Ákel había cultivado con Kéya, que para cualquier mente lógica resultaría en estar él en su lugar en el altar, y otra cosa era que, encima de todo, pretendieran tratarlo como un hermano del que había que cuidarse, como si ese trato negara, consciente o inconscientemente, que alguna vez pudo haber algo más entre los dos, que hubo buenas razones para suponer que acabarían juntos. No podía impedir que se la quedara, pero no podía permitir que se burlara de él de ese modo. Cuando llegaron a casa de Kéya, Ákel estaba listo para atacar a Thiago.
***
Me latía el corazón con fuerza y sentía la cabeza caliente. En aquel momento no pensaba en lo que podría ocurrir después. En el mejor de los casos, un golpe habría sido suficiente para noquearlo y dejarlo en el suelo, luego habría gritado Kéya y yo habría despertado de mi trance, arrepintiéndome de inmediato, o tal vez no, tal vez regocijándome aún más. En el peor de los casos sobrevendría una encarnizada lucha entre un brasileño confundido y un danzilmarés colérico, y en el más peor de todos los casos él sería el que lograría dominarme y la desgracia sería toda mía. En cualquier caso no habría manera de justificar ante nadie mi comportamiento. Pero, como dije, ser previsor no es cualidad de las mentes iracundas.
Los tres nos habíamos bajado, entramos por la reja y caminamos hacia la puerta de entrada. En ese momento mi plan era llamar a Thiago para que me encarara (porque nunca he sido un cobarde), y no tendría que hacer más que dejar que mi cuerpo actuara sólo. Pero los dioses me salvaron de la desgracia, pues justo en ese momento alguien salió de la casa: Óira, la hermana menor de Kéya.
Durante nuestra infancia y adolescencia había tenido contacto con ella; yo fui de los que ayudó a cuidarla cuando se la encargaban a Kéya de pequeña. No pocas veces practicábamos nuestro yúndáo primitivo ante su indiferente mirada de bebé que más se entretenía con las hojas del suelo. No falté a ninguno de sus cumpleaños ni ella tampoco a ninguno de los míos. Pese a todo, no la consideraba muy cercana a mí, y en parte se debía a que, cuando aprendió a hablar, desarrolló una voz que se me antojó muy fastidiosa, como si a propósito la hiciera más aguda de lo que debía ser por naturaleza; su voz “real” nunca la utilizó en toda su vida. Pero aparte de su voz es difícil describir realmente por qué evitaba tanto su presencia, sobre todo porque había desarrollado una actitud amable, siempre dispuesta a ayudar; creo que en parte eso también la había vuelto una metiche que no sabía cuándo se le necesitaba y cuándo la mejor ayuda era su ausencia. En todo caso, no me caía mal, pero su presencia se dejaba sentir tanto que, más comúnmente, era un alivio poder descansar de ella.
En el calor del momento la maldije por dentro, por haber dejado que su lado inoportuno rompiera la magia de la masacre que se iba a producir. No sería sino hasta después que le habría agradecido de rodillas aquella intromisión, sin la cual esta historia habría sido muy diferente por haber incluido un episodio en la cárcel.
***
Lo que prosiguió después fue una bonita reunión llena de sonrisas, anécdotas y un poco de alcohol. Óira estaba tan emocionada por conocer a su futuro cuñado, y no escatimó en tiempo para hacerle todo tipo de preguntas acerca de su país natal. En el transcurso de esa conversación, Óira no dejaba de repetir: “Le encantarás a mi mamá cuando venga”, diciéndolo cada vez que Thiago relatara cualquier cosa sobre casi cualquier cosa; desde la comida danzilmaresa que más le gustaba hasta entonces, su apatía política más impulsada por la ignorancia del nuevo país, hasta el simple hecho de decir, con toda la cursilería sin duda salida de los estereotipos extranjeros sobre la isla, que el rumor del mar sobre nuestras costas tiene algo de especial que el resto de las costas del mundo no tiene (las versiones más tontas dicen que suena como si una voz maternal hablara desde las aguas).
En algún momento, Thiago retomó el tema de su futura nacionalización danzilmaresa, de la cual ya había mencionado un poco durante el viaje en uber, y de lo emocionado que se sentía por presentar su examen[1].
—Yo te ayudaré a estudiar —dijo Óira con la resolución de una amiga de toda la vida—; estoy estudiando la licenciatura en Historia danzilmaresa, y déjame decirte que…
Comenzó así a soltar todo un chismorreo sobre la historia de nuestro país. Era difícil saber si Thiago realmente ponía atención o si su interés era en parte fingido, pero de todos modos escucharon por el simple hecho de que poco más se podía hacer: Kéya sólo se le aferraba a un brazo, alternando su mirada emocionada entre su hermana y su prometido; y Ákel, con una copa en la mano, observaba su vino para no ver a los demás, haciendo que poco a poco su odio y desesperación se volvieran tedio, un fastidio tan grande que por poco se convence de que, de haber podido irse de ahí sin más, lo habría hecho sin sentir la más mínima emoción.
***
No hubo un momento preciso en el que la reunión terminó, tan sólo todo empezó a apaciguarse entre más alcohol había en el sistema de Óira, pues desde sus primeras veces tomando se había dado cuenta del efecto somnífero que producía en ella, y una vez que estuvo demasiado adormilada para seguir hablando, ya entrada la tarde, casi ni se dieron cuenta de cuando todo estuvo en silencio y casi a oscuras. Viendo que la noche llegaba, Kéya decidió ordenar unos draóhis para cenar, a lo que Thiago respondió que ordenara alguno que él aún no hubiera probado. Kéya, que conocía bien todos los tipos de draóhí que Thiago ya había comido en su país, se fue a hacer el pedido emocionada.
Ahora estaban los dos solos, apenas iluminados por una lámpara ahorradora que, según había dicho Kéya, ayudaba mejor a la conversación al cansar menos la vista. Los ronquidos de Óira apenas acariciaban torpemente el aire. Thiago apenas había bebido, pero su sonrisa luminosa en aquel ambiente se confundiría con la de un ebrio con sueño, sobre todo porque iba dirigida a Ákel, a quien miraba como si se disculpara por no tener ya nada que decir.
—Entonces —dijo Thiago para romper el silencio—, ¿qué vas a hacer ahora en la casa…eh…la asociación de yúndáo?
—Seguir concursando —dijo Ákel, distante—. Me quieren entre los titulares de la temporada de verano.
—¡Ah! —Thiago exclamó asintiendo exageradamente.
Estuvieron en silencio por lo que les pareció mucho tiempo, tanto que ambos se preguntaron por qué Kéya no volvía. Entonces Thiago pareció recordar algo, y dijo alzando un poco la voz:
—Oye, Ákel, cuando conocí a Kéya, me dijo algo sobre ti —esto hizo reaccionar a Ákel, quien levantó la vista hacia él. Thiago continuó—: bueno, te diré: mi grupo estaba viendo a las chicas de Danzílmar hacer sparring con las de Brasil, hablábamos muchas cosas de ellas, algunas nos veían y se reían, ya sabes, esto de la gente exótica de otro país. Yo vi a Kéya hacer llaves a una compañera mía que conocía bien, una que era conocida por sus llaves, que varias veces me había dado lucha incluso a mí, y Kéya la venció fácilmente, muy rápido, y todos sin palabras. Muchos se acercaron a felicitarla y a decirle sus respetos, pero todos lo decían en portugués o en inglés. Yo era el único que sabía danzilmarés, y por eso decidí ir y hablar, y cuando la saludé se sorprendió de oírme hablarle en su lengua, y así seguimos habla y habla, y cuando nos dimos cuenta estábamos caminando juntos hacia los vestidores, pero no hablábamos de nada más, sólo de cosas de combates y de cómo había vencido a mi compañera y… jaja, perdón, iba a decirte una cosa y te estoy contando otras cosas, jaja… me dijo que había tenido gran compañero desde que era niña, que había alguien siempre detrás de ella empujándola adelante, que si ella había aprendido tanto era gracias a esa persona… obvio que eras tú, jaja… pero bueno, hablaba tan bien de ti, con tanto, ¿cómo se dice?, ¿cuándo admiras mucho a una persona pero a la vez es como muy cercana a ti?
—No se me ocurre la palabra —dijo Ákel tras pensar un poco.
—¿No?, bueno, no importa. El asunto es que durante esos momentos pensé que —aproximó el cuerpo hacia Ákel, asegurándose de que Kéya no apareciera por la puerta de la cocina, y continuó—: pensaba que hablaba de un novio, o de alguien a quien amara mucho. Ya sabes, ¿no? Esa admiración con la que algunas mujeres hablan de sus novios al mismo tiempo que parece que los desprecian en broma. Es difícil explicar si no lo ves, como si dijeran todo lo bueno sin ocultar en sus caras que a veces es fastidioso o incluso tonto, como decir: “lo amo, pero a veces es un estúpido”. De verdad pensé que al hablar de ti hablaba de un novio o al menos de alguien a quien amara en secreto.
—Y… y ¿qué pasó?, ¿le preguntaste después?
—No, no pude hacerlo —riendo, Thiago se recostó cómodamente en el sofá, con los brazos extendidos, con una sonrisa nostálgica—. Di por hecho que así era y no dije nada. Pero seguimos charlando y así hasta la noche, y nos dimos los números y quedamos de seguir charlando. Y varios días seguimos viéndonos y yo aprovechaba para practicar mi danzilmarés. Le dije mis planes de nacionalizarme y venir a vivir aquí. Se emocionó y dijo que así podría conocerte yo, y la emoción con la que me lo dijo me hizo pensar que en verdad eras algo muy cercano a ella. Pasamos así una semana y después, bueno… las cosas pasaron.
Ákel ya se había incorporado en su asiento, casi sin respirar:
—¿Cómo?
Thiago calmó sus ánimos y se tornó un poco serio, con añoranza.
—Pues, después de un entrenamiento la acompañé a su hotel, y de la nada tomó mi mano, así de la nada. Yo, pues, no supe qué hacer; pensaba que no podía nada con ella por ti, pero siguió con lo mismo y… pues, desde ese día todo empezó a volar, como dicen ustedes. Casi no nos separábamos, nos conocimos, le presenté a mi familia: a mi madre, que es ciega, a mi padre y a mis hermanos, que son como sus ojos; literalmente, ella dice que nosotros somos más valiosos que sus ojos y que no nos cambiaría aunque pudiera volver a ver, cosas de mamás, ya sabes. Bueno, muchos días se la pasaba en mi casa; le enseñó algo de danzilmarés a mi hermanito, y hablaba a mis padres de la vida en Danzílmar. Y después me decía lo mucho que me gustaría su familia, y yo decía que quería conocerla también. Es complicado decirte lo que pasó, pero las cosas sólo pasaron y no sabíamos bien por qué pasaban. Cuando me tocaba entrenar o pelear lo hacía pensando en ella, y luego ella me decía: “pensé en ti mientras entrenaba”, y me describía cómo intentaba hacer sus técnicas, y cuando teníamos las tardes libres las pasábamos juntos, y… y…
Se detuvo como si hubiera perdido el aliento. Ákel tenía tantas preguntas en la cabeza: ¿Volvieron a hablar de mí?, ¿te dijo que yo sólo era un amigo?, ¿tuvieron sexo?, ¿cuándo decidieron que iban a casarse? Pero nada de eso fue preguntado, en parte porque Thiago, sintiéndose tal vez avergonzado de haber contado tanto, había decidido mejor beber una copa más y permanecer en silencio; también porque Kéya, volviendo de repente, anunció que había tardado porque había aprovechado para hacer una llamada a su mamá para confirmar lo que Óira, que aún dormía en el sofá, había dicho sobre su llegada a Dyánz, y en el calor del momento habían empezado a hablar de los planes para la boda.
Ákel no soportó más; se levantó lentamente, temblando tanto por el alcohol como por la historia de Thiago, y anunció su retirada.
—¿Eh?, ¿no te quedas a cenar? —preguntó Kéya preocupada, y como una tierna hermana le hizo mirarla a los ojos, buscando síntomas de malestar.
—Estoy cansado —dijo Ákel, apartándole la mirada—, además sabes que el alcohol no me cae muy bien al estómago.
Kéya no insistió mucho más, lo que ayudó a aumentar el dolor de Ákel.
Thiago y Kéya lo acompañaron afuera mientras el uber llegaba. Kéya le recomendaba que, si se sentía muy mal, se tomara un licuado de frutas o que simplemente se fuera a dormir.
—¿Recuerdas la primera vez que bebimos juntos? —preguntó Kéya a Ákel, pero de inmediato miró a su prometido— Acabé vomitándole los pantalones, pero en vez de enojarse se rió, y luego cayó desmayado.
Thiago hizo un intento de reírse, pero sólo lo logró cuando vio que Ákel reaccionaba jovialmente ante ese recuerdo. Ákel soltó una leve risa, pero luego volvió a su melancolía:
—Al día siguiente estaba en mi cama, con otros pantalones, e incluso con otros calzoncillos —volteó a ver a Kéya sospechosamente—. Nunca supe cómo pasó eso.
Kéya enrojeció y rió nerviosa, intermitentemente, aferrándose a Thiago, que reía por la nariz.
—Será por siempre un misterio —dijo Kéya desviando la mirada.
Ya en el uber, no había nada que detuviera las lágrimas de Ákel.
[1] Casarse con un danzilmarés no implica ganar ciudadanía danzilmaresa, ni siquiera es una circunstancia que acelere el proceso. Todos los aspirantes a la nacionalidad danzilmaresa deben someterse a un examen de lenguaje y conocimientos de cultura.
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