La maldición 3
Esa misma noche, Gyéo Fúntuo fue mostrado oficialmente ante la familia del gobernador y el resto de los sirvientes y esclavos. Para sorpresa de muchos, fue presentado como aprendiz de Zómwan, por lo que se le dio permiso de cenar con todos en la mesa principal. En ella estaban, además del gobernador Núnde, su esposa Amúgona y su hija Onyená, la cual resultó ser la misma joven que había irrumpido en los aposentos de Zómwan.
Su sorpresa al enterarse de la verdadera relación entre Zómwan y ese joven que había considerado un esclavo pasó desapercibida tras un velo de profunda vergüenza. Aún cuando los presentaron más íntimamente y supo su nombre, apenas pudo cumplir con el protocolo de cortesía con que la habían educado. Fuera de eso, todos parecían no sentirse importunados por su presencia, pues confiaban en el juicio de Zómwan. Por si fuera poco, cuando se enteraron de la historia que éste había supuesto para Gyéo Fúntuo, sobre una probable invasión a su pueblo y su consecuente trauma que lo había dejado en ese estado de indiferencia y confusión, fueron pocos los que no intentaron ser en exceso complacientes con él. Incluso la señora Amúgona no dudó en darle un cariñoso abrazo, prometiéndole que castigarían a los culpables.
A partir del día siguiente, como parte de la instrucción de Zómwan, se le pidió que ayudara a los sirvientes en lo que fuera necesario, y que si los amos le daban una orden, que la cumpliera.
—Una de las primeras cosas que quiero solidificar en ti es tu humildad, joven Gyéo —le explicó Zómwan—. Yo mismo empecé como un sirviente, lavando los pisos, cuidando el jardín, atendiendo a cualquier llamado. Así, si algún día llegas lejos y te vuelves alguien grande, dirás que hasta tú bajaste la cabeza y te humillaste sobre el suelo.
Gyéo Fúntuo no puso objeción alguna, y comenzó a trabajar en el palacio casi como un sirviente más. De ellos aprendió las labores necesarias para sostener un palacio tan grande. No sólo había que lavar todo constantemente, una sección del palacio cada día, sino también darle mantenimiento a las pinturas de los muros para que no se desgastaran, ayudar en la cocina, mover muebles, cargar las cajas de suministros, rastrillar las hojas y quemarlas, bajar los frutos de los árboles y limpiar los lagos. Los demás sirvientes estaban satisfechos con su ayuda y le reportaban a Zómwan su diligencia, aunque también que casi no hablaba y no manifestaba ninguna otra emoción.
Además de todo eso, después de la cena Zómwan lo sometía a una estricta sesión de estudio, donde aprendió matemáticas, geografía, historia y economía. Gyéo Fúntuo, al ya ser todo eso que querían enseñarle, se limitó a reconocerse a sí mismo en todas esas áreas y no tardó en dominarlas, sorprendiendo a Zómwan y dejándolo preguntándose qué tipo de vida habría tenido antes de haberlo encontrado. En poco tiempo, Gyéo Fúntuo había leído y memorizado toda la biblioteca personal de Zómwan; podía resolver cualquier problema de alquimia y matemáticas que le pusiera, reconocer a todas las especies de animales, plantas y hongos registrados hasta ese tiempo, y recitar con detalle la historia del mundo desde su creación por el dios Áikan. Ante todo esto, Gyéo Fúntuo no reaccionaba con especial interés; no que dicha información no despertara su curiosidad, pero el volver a sentir que no estaba haciendo más que describirse a sí mismo a través de todos esos saberes, le hizo volver a caer en la indiferencia. Aquella emoción que había tenido cuando encontró el camino artificial era cada vez más débil.
No obstante, una de las pocas cosas que le hacían aumentar, aunque tenuemente, aquella curiosidad, fueron los esporádicos y breves comentarios que se hacían de la familia del gobernador, en especial en torno a la señorita Onyená. A veces los escuchaba opinar sobre su apariencia, dándoles lástima que a pesar de ya tener XXX años, el estrés y el miedo constante la hacían ver mucho menos desarrollada físicamente, como si el sentirse perseguida hubiera frenado su crecimiento normal. También comentaban a veces que la escuchaban gritar en la noche, y que sus constantes pesadillas eran cada vez más fuertes. Muchos sentían tanta impotencia que ya se habían preparado para el día en que su mente y cuerpo no pudiera más y colapsara definitivamente. Todo esto es un resumen de lo que Gyéo Fúntuo pudo descifrar de lo que escuchaba por accidente, pues nunca preguntó nada directa ni indirectamente; sólo obedecía lo que tenía que obedecer, intentando dejar de verse a sí mismo en todos y en todo.
***
Si bien Zómwan no tenía idea de lo que verdaderamente ocurría dentro de la cabeza de Gyéo Fúntuo, rápidamente notó que el conocimiento teórico del mundo no era la única cosa que debía instruir en él. Eso sumado a los reportes de comportamiento de los demás sirviente le fue útil para decidirse por su nueva instrucción, por lo que un día lo llamó y le dijo:
—Ya no tengo más conocimientos en papel que pueda darte, joven Gyéo. Haz superado mis expectativas con creces. Empero hay todavía una disciplina que te falta por dominar, y esa es la de ver a tu prójimo y sentirte una extensión de él, sonreírle a alguien y que te sonría de vuelta, reverenciar no por protocolo sino por admiración, abrazar porque extrañas el calor de otro humano, y hacer que en tu rostro se muestre el alma que el gran Áikan nos ha dado para su gloria. Así pues, a partir de hoy, serás el sirviente personal de la señorita Onyená, pero he establecido que, más que un sirviente, has de ser para ella un amigo.
Gyéo Fúntuo escuchaba en silencio y asentía, pues ese cambio en su rutina le suponía en efecto un alivio de la monotonía del estudio con papeles.
—Has de saber algo, joven Gyéo. La señorita Onyená sufre de una horrible maldición.
Esto último hizo a Gyéo Fúntuo levantar la mirada con curiosidad, encontrándose con los ojos consternados de su mentor, que siguió contando con tristeza:
—Cuando nació, tenía una extraña marca en medio del pecho, justo donde está el corazón. Yo mismo la traje al mundo, así que fui el primero en horrorizarse cuando me pareció reconocer la marca de una fuerte maldición, pero no estaba seguro de cuál exactamente o por qué razón la tenía. Al principio no parecía afectarla en nada, pero poco después nos dimos cuenta de que los animales comenzaban a comportarse agresivamente con ella. Algunos sólo hacían ruidos de hostilidad o advertencia, pero otros se lanzaban a atacarla: perros, gatos, ratones, moas, hipopótamos y pájaros; todos los animales tenían alguna especie de odio contra ella. Pasaron los años y logramos mantenerla a salvo. Todo mientras yo intentaba encontrar el origen de esa maldición, sin éxito. Pero cuando cumplió los XXX, algo aterrador ocurrió: del páramo salió una criatura monstruosa, como un perro del tamaño de un moa pero con la cabeza de un jabalí, que tenía fuego en vez de ojos y dientes al rojo vivo. Esta bestia intentó atrapar a la señorita Onyená, y lo habría logrado si no fuera porque nuestros mejores caballeros lograron darle muerte. A partir de ese día, cada cierto tiempo una criatura igual de monstruosa aparece de repente para intentar matarla. Hasta ahora nuestra guardia ha sido suficiente para mantenerla a salvo, aunque prácticamente vive encerrada en el palacio. Pero no por eso la maldición la perdona, pues todas las noches tiene pesadillas con animales que la devoran, según he comprobado. Por eso es pequeña y débil. Todo lo que sufre la ha confinado a vivir sin libertad, apenas conociendo lo que es el placer. Es por eso que quiero que convivas con ella, que te ganes su amistad. Ve el mundo a través de alguien que ha sufrido quizá tanto como tú. Ayúdense el uno al otro y encuentren un camino a una vida más feliz.
Gyéo Fúntuo escuchó con atención, se quedó un rato pensando y acabó asintiendo.
⇦ ⇨
APÓYAME CON UNA DONACIÓN SÍGUEME EN PATREON
Comentarios
Publicar un comentario