Un espejo


 
Líru se encuentra con una persona que le ofrece un espejo, el cual mantiene los recuerdos de todos los que se han reflejado en él.


Para regresar caminando hasta mi casa desde la Universidad Central de Bíhem, tomé la avenida Dák Hémk[1] y caminé dos kilómetros contemplando las esculturas modernas que me distraían del aburrido suelo con motivos pentagonales, somníferos. Pero también me harté de los brazos que salían de los torsos desnudos, de los árboles con caras en las hojas, de las columnas de mármol abultadas en el centro como embarazadas de pelotas enormes, de las plantas hechas de basura y vehículos cortados de forma que parecían enterrados en el suelo. Salía hacia la colonia Áihen Rúl, en cuyos cuatro parques contiguos los viejitos hacían ejercicio al viento de la tarde; desde el punto más elevado, casi a la mitad del tercer parque, se podía ver a lo lejos al océano, y a la espuma de sus olas como serpientes aterciopeladas que se despedazaban y volvían a formar. Caminé calle abajo y crucé otras colonias, donde me detuve unos momentos ante algunas tiendas de ropa, pero mi bolsillo no me permitió entrar en ninguna.
Llegué a mi casa en la colonia Séiki Míu Gríh. Mi padre salía de su estudio en el momento en el que yo entraba. Apenas intercambiamos un “bienvenida” y un “hola”, y me fui a bañar.

***

Pocas veces tendrías un fin de semana tranquilo; aprovéchalo para cerrar un rato los ojos y el cerebro, sobre tu cama, con tu ropa holgada ante el viento de la ventana, mientras cae la tarde.
[Pedí la parada. El camión F-34 frena suavemente...]
Miras el techo, donde te parece ver la cara de un bebé en una de las manchas de concreto, atravesada por grietas.
[Olía muy limpio, lo que significaba que un bebé quizás había vomitado hacía poco y se habían apresurado a disfrazar el olor con detergente...]
Habías sentido el olor a fresa, tan penetrante que te quemaba la nariz. Te pones de lado.
[Fui hasta uno de los asientos de atrás, junto a la ventana. Había sólo ocho personas; dos hablando; seis calladas. El autobús avanzaba saltando entre el sol y las sombras de los árboles, sus ramas eran como los brazos de las feas esculturas...]
Revisas la hora y ves que son las 5:34. Buscas algo que hacer, pero no lo encuentras. Tus pies aún te arden por la larga caminata, y a la vez están entumidos por tanto tiempo de inmovilidad.
[La sacudida de un tope casi me hace levantarme de mi asiento. La falta de piedad del conductor me hace tener que prepararme para el siguiente salto mientras pasábamos por esa zona en la que hay tanto una escuela como un hospital...]
Sientes la sacudida y casi te levantas de la cama al sentirte caer. Le das la espalda al techo e intentas dormir.
[La ciudad pasa y desaparece de mi visión; un juego de tintes: verde de árboles, gris de concreto, azul de cielo, blanco de nubes, rojo, azul, amarillo y otros entre los edificios y anuncios. Todo es somnífero...]
Cabeceas contra la almohada y sientes un cristal caliente y sucio en tu frente. Cierras los ojos y ves las montañas a lo lejos. Dentro del camión te acompaña también la sensación del mar.

***

“Una luna con memoria yace entre mis manos”
Líru se ve encerrada en los confines del espejo que Kuánt le ha puesto en la cara.
“Una memoria muda; todo es imagen.”

Oscuridad de bolsillos, luces parpadeantes. Tiempos y espacios encerrados: un azul por el cielo, un blanco por las nubes, un verde por los árboles y un gris por las calles.
—Pero observa con atención —dice Kuánt, y añade—: La memoria guarda lo que ve, y lo que nunca pasó.
Líru toma el espejo; su cara muta en paredes, mesas y ventanas.
—Mira mucho más de cerca —dice Kuánt.

***

El primero en reflejarse es su creador, un hombre de edad avanzada al que poco después se lo robaron mientras dormía. La mano negra del ladrón espantó a Líru.
—Se habían enterado del misterio del espejo que nunca olvida —dijo Kuánt—. Dicen que el viejo murió del coraje al despertar y ver que su milagrosa creación se había esfumado.
Líru vio cómo entregaban el espejo a una jovencita, que por unos días usó para intentar maquillarse antes de fastidiarse de siempre ver al viejo, la oscuridad, la mano ladrona, todo el trayecto hasta sus manos y a sí misma intentando adornarse con pintura la cara.
—El ladrón no entregó el espejo al que se lo encargó, quién sabe por qué. Pero dado lo barato que lo vendió al comerciante, supongo que algo habrá pasado entre ellos para haber encendido algún tipo de rencor. Luego, el comerciante se lo habrá regalado a su hija.
Cuando la hija alertó a su padre de las rarezas del espejo, éste se iluminó de asombro, luego de avaricia, y le cambió el espejo por otro de plata mucho más bonito. Después el espejo no recordó más que la oscuridad del escondite donde fue celosamente guardado. Pronto apareció tras un destello de luz el rostro de otro comerciante, que lo observó con igual deseo.
—Para hacer la historia corta —dijo Kuánt—, pasó de mano en mano hasta que su último propietario, muerto hace diez años, lo guardó para siempre en una caja fuerte.
Líru vio el rostro de Kuánt en el espejo, y de ahí sólo hubo momentos oscuros entre periodos en los que él se perdía en sus profundidades, y sus ojos parecían verla a ella fijamente durante lo que debían ser sus contemplaciones de las historias almacenadas en el espejo. Eventualmente vio el autobús, y se vio a sí misma sentada mirando por la ventana. Se vio reaccionar cuando Kuánt la saludó y preguntó si podía sentarse. Sólo sus labios se habían movido en lo que habría sido un “sí”, y vio el asiento de enfrente y la nuca del conductor. Las imágenes eran mudas, pero su cerebro las llenó con sonidos:
“Perdone que la moleste, pero ¿le gusta el espejo que me cuelga del cuello?”
En el pecho de Kuánt apareció un rostro incómodo que de inmediato le desvió la mirada. Vio a Kuánt hablándole al espejo:
“Si tú lo quieres, es tuyo. De nada me sirve a mí.”

***
—Es sólo un truco —dije mirando a la pared.
—Yo eso pensé cuando me contaron del espejo —dijo él.
—Ya déjame en paz.
Me senté en la cama y sentí el asiento duro a mi espalda.
—Pero muestra también lo que nunca pasó.
Lo puso en mis manos, súbitamente las separé como si me hubiera dado carbón caliente. Debí haberlo lanzado por la ventana, pero en su lugar vi mi cara y una mezcla de movimientos, colores y formas que se retorcían y desaparecían antes de decidirse a existir en algo concreto, y al final sólo distinguí al sol cayendo entre las ramas de un árbol.
—El que mucho medita sobre la imagen de uno, la deja impregnada en el espejo, y comienza a ver lo que pudo o debió pasar. No me importa ver al viejo creador, al ladrón, a la niña, a los comerciantes o todos los momentos de oscuridad y luz, ni mi propia historia una y otra vez. Pero no soporto cuando empiezo a ver lo que pude haber sido o lo que me pudo haber pasado. Por eso ya no lo quiero. Sin embargo, soy consciente de que su misterio podría encontrar un dueño más tolerante y fuerte que yo; no tengo el corazón para destruirlo o abandonarlo a su suerte.

***

Ahora me veo diciéndole que no podía sentarse a mi lado, mandándolo al diablo cuando me mostró el espejo, cambiando de lugar para no seguir soportándolo.
[Te levantas porque sientes dura la cama...]
“¿Entonces lo quieres?”
[Comienzas a caminar porque sientes que a tus piernas les falta movimiento...]
Me veo parada esperando el autobús. Luego me dieron ganas de caminar y fui por la avenida Dák Hémk, vi las esculturas feas, entré a los parques, vi las olas, las tiendas de ropa.
[Te tiemblan las piernas y te dejas caer sentada sobre la cama. Sales de tu cuarto y tu padre te pregunta algo, pero no lo escuchas. Te asomas por la puerta principal...]
Vi mi casa a lo lejos.

***

Sus ojos seguían clavados en el techo cuando la noche finalmente ha caído. La mancha de concreto del techo ahora parece el espejo, como un pequeño ojo.
Sacó el espejo de su pantalón y se contempló en él: dos personas juegan con un niñito y una niñita; todos se sienten satisfechos.

***

“Sólo es un pedazo de cristal, que como un disco vuela hacia la luna.”


[1] “Gran río”.

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