Evangelium Yíos: Alfa (Tertius)
Donde Yíos convive con seres peculiares, crea variaciones de historias, entre otros momentos de interés al azar.
Miré por la ventana y vi a Yíos cargando dos hipopótamos para sacrificar, entonces oí un “Ma’ dile a Súya que venga a ayudar”, y me agaché para que no me vieran. Luego corrí hacia el almacén donde estaban aún las pieles frescas de los hipopótamos de esa mañana. Me escondí entre las cajas de madera con carne para transportar y esperé. Yíos no tardó en entrar y salté para asustarlo, pero qué aguafiestas que ni reaccionó.
—Te llama Únta —dijo mientras amarraba las patas de los hipopótamos.
—No quiero ir. Porfa, aguántame mis deberes, ¿sí?
—Bueno.
Por eso me caía bien. Y mató a los hipopótamos y los despellejó. Me le quedé viendo cómo les sacaba las tripas y le pedí que me diera un pulmón para masticar de mientras que tenía una poca de hambre.
—Oyes, me pelié con mi Táda hoy, ¿puedo dormir en tu cuarto?
—Si quieres. Pero más en la noche voy con el señor Zóto a arreglar unas sillas; lo más probable es que me invite a dormir.
—¡Hm! ¿Así qué chiste?
—¿Por qué te enojas?
—Quería que escucharas cómo ronco toda la noche.
—Así es la realidad: los planes no siempre resultan.
Y pues me molesté y seguí masticando mi pulmón de hipopótamo, pero entonces que entra Únta así como hecha una fiera y me oculto bien rápido.
—¿Dónde está esa niña? —y casi le grita como si el que se está escapando fuera él.
—Yo la suplo con las verduras —dijo Yíos, no lo veo pero escucho chocar los cuchillos con los que destripa.
—¿No la viste? —esa tonta de Únta la escucho acercarse y me da nervio.
—No.
Puh, qué bueno eres, Yíos. Escucho a Únta irse, salgo de mi escondite y le digo gracias a Yíos. Me le quedo viendo más soplando dentro de lo que quedaba del pulmón, y le digo:
—Oyes, ¿qué es lo que más te gusta de vivir aquí?
No se detiene pero trabaja un poco más lento, y dice:
—No sé muy bien qué es gustar en realidad; entiendo que tiene algo que ver con el placer, pero tampoco sé si calificar a cada sensación agradable como placer sea lo más exacto.
—¡Puh!, te complicas demasiado. Bueno, ¿qué es lo que más te agrada?
Se detuvo un momento mirando a la nada, luego siguió destripando a los hipopótamos como si al ignorarme fuera a olvidar mi pregunta. Me le acerco y le digo:
—¿Sabes?, en otros tiempos tampoco sabía qué responder. Si te contara todo lo que hice antes de existir aquí... Un vez fui a un mundo donde tuve millones y millones de hijos; me salían como balas de cañón: ¡pum!, ¡pum! Los tuve de todos los tamaños, formas, consistencias. Solía decir que los quería a todos, pero siempre había uno que otro que me agradaba más en algo que los demás. Sé que soy muy limitada; no me es posible amar exactamente igual una cantidad infinita de cosas, así que tuve que vivir y descubrir —esto lo hizo voltear a verme sin dejar de trabajar—. Y pues, de unos me complacían más sus formas; los observé con atención y descubrí que unos me hacían sentir de un modo que los demás no, como que quería estar observándolos más tiempo que a los demás, y si estaba lejos, sólo quería regresar con ellos. De otros me gustaba más alguna cosa que hacían: ora uno podía usar sus brazos para saltar a la cuerda, ora otro podía enrollar su cuerpo sobre sí mismo hasta casi desaparecer, ora una hacía girar la cabeza así como un trompo... —me detuve de golpe al ver una ligera curvita en su boca—. ¡No me jodas!, ¿eso te hizo reír? —mi asombro creo que pues lo asustó un poco.
—Lo imaginé y experimenté algo —dijo volviendo a su tono escueto.
—¿Qué?
—Como que quisiera ver eso, y tal vez configurarme para hacerlo.
—Ah, ¿y por qué?
—No sé. No recuerdo haberme configurado para sentirme así.
Me senté de golpe en su regazo. Pese a su pequeño tamaño, seguía siendo más grande que yo, y que le digo:
—Ya te tenemos dicho que no puedes confiar en cómo te definistes cuando nacistes. Tu verdadero yo es lo que descubres que no elegistes.
—Pero toda configuración es mi verdadero yo, y es igual con todos.
—Sí, cuando lo ves todo desde arriba a gran escala, pero ahora estás aquí abajo y en pequeño. Yo también tuve una verdadera yo cuando fui mamá de todos mis hijitos, y ahora tengo otra verdadera yo como una hija homo deus alfa. Un día mi camino se bifurcará y tendré otra verdadera yo, y así para siempre. Pero no me puedo estar todo el tiempo pensando en grande; hay que disfrutar en pequeño también. Vamos, Yíos, intenta que antes de que te quieras ir, descubras un poquito aunque sea de tu verdadero yo de aquí con los alfa. Sé que no puedes comer o beber, pero hay otras cosas que puedes descubrir: tu color, olor y textura favorita, si te place más la mañana o la noche, a quién te gusta ayudar más, en cuál agujero prefieres meterla, y yo te voy a ayudar con todo eso, ¿te parece?
Él lo pensó bastante rato; si no fuera porque sabía que tampoco podía dormir, habría pensado que se había quedado dormido sentado con los ojos abiertos, pero de repente dice:
—Creo que mi textura favorita es la piel de los hipopótamos cuando salen del agua y pasan unos minutos de secarse al sol.
Me sorprendió la soltura con la que habló, casi como un homo deus alfa, pero mantuve mi teatro y digo:
—¡Oye, así no! Quiero que lo descubras conmigo; yo te daré cosas para que toques y veré en tu cara cuál te gusta más. Empezaremos mañana con las cosas de la casa, luego la tierra, los árboles y todo lo que haya afuera, y en la noche con nuestros cuerpos, y así con lo demás, ¿sí?
—Bueno.
***
(Yíos y Ákwa, unidos sobre la copa de un árbol, observando el campo nocturno)
Si pudieras usar conceptos para describirme, ¿cómo lo harías?
No tienes suficientes elementos para describirte.
¿No tengo acaso un cuerpo palpable, no tengo un razonamiento con el que te hayas familiarizado?
No conozco suficientes seres para que tus pocos atributos sean relevantes.
Tú pareces siempre recordar nuestro estado anterior, antes de saber percibir. No hemos vivido nada, y sin embargo tus pocas experiencias ya sientes que se están acumulando.
Me conoces un poco.
¿Tú qué crees que es importante para mí?
Cualquier cosa que te responda es inútil; no hemos vivido lo suficiente.
Mas no hemos nacido en blanco: conoces mis impulsos, mis preocupaciones, mis temores…
Creo que te estás engañando.
¿No sentías eso mientras te definías, no sentías que tus elecciones estaban influidas por algo anterior que no sabías que tenías?
No he vivido lo suficiente para saber qué tan cierto era lo que sucedía antes de nacer. Ni tú tampoco. No pretendas poseer personalidad ni una naturaleza definida.
Nos definimos a nosotros mismos.
No es suficiente lo que uno mismo se defina.
Esto es la realidad entonces: aunque crea estar lleno de características que yo mismo me di, no significa nada si no me dejo moldear.
Ya deja de decir lo mismo. Me cansas.
***
Desde afuera se escuchaba una tonada suave y bailable, lo que te hizo detenerte un momento antes de empujar la puerta. La bocina de Genáo estaba conectada al bluethoot de su celular; sonaba Das Tanzlied, del poema sinfónico Also Sprach Zarathustra. Genáo era una masa tan pesada que los hilos de la hamaca se habían roto, y ahora yacía en el suelo sobre su propio cuerpo grueso y lleno de escamas espinosas. Los ojos estaban tan secos que habían adquirido una consistencia agrietada, y sobresalían de la cabeza como huevos a puntos de reventar por dentro. No tenía ya pelo, sino que lo poco que le quedaba de piel en la cabeza se desprendía para revelar una sustancia aceitosa de color gris.
Genáo: Necesito que me ayudes a empacar, estimado.
Tu primer instinto fue acercarte a él, poner tu mano sobre su cabeza y asentir.
Yíos: Antes de irnos, ¿hay algo que quieras hacer mañana?
Genáo: Hoy mismo, Yíos. Quiero ir una vez más a jugar con los patos. Pero no ahora. En un ratito.
Luego hiciste el equipaje de tu amigo. Guardaste su ropa, sus zapatos, una botella de ron que iba a la mitad, unos libros de la universidad que no habías visto antes.
Yíos: ¿Estuviste leyendo esto?
Genáo: Las costumbres son difíciles de olvidar.
Encontraste el tablero de ajedrez en la mesa junto a su cepillo de dientes y su peine. Cuando dejaste todo limpio, colocaste la maleta frente a aquella masa. Sus ojos se proyectaban hacia el exterior, duros y secos como madera, sin pupilas; la mandíbula se abría y cerraba como buscando aire.
Genáo: Deberías empacar ya.
La voz te sonó ahogada y ronca, de una garganta llena de llagas y muy anciana. Fuiste a tu cabaña y empacaste sin prisa. El sol aún iluminaba bien, y más que nunca el lago te pareció tan fresco desde la ventana. El rinoceronte todavía estaba nadando; imaginaste que te estaba buscando a ti, como si ya te considerara su compañero de exploración y de nado. Eso te hizo desempacar tu traje de baño y ponerlo sobre una silla. Viste tu termo sobre la mesa y bebiste las últimas gotas de té; las sentiste muy saladas. Se ha acabado tu té, pero tu cuerpo pide volver al agua; tu cabeza se asoma por la ventana. ¡Qué bello es el Parque del Lago! ¡Qué cristalina es el agua, qué nítido se puede ver el lecho con sus plantas y peces! ¡Qué verde se ve la selva y cuán suave es el viento que se escapa de los árboles! Tienen que aprovecharlo juntos un poco más, esta vez de verdad ahora que todo está a punto de terminar.
Sales prácticamente corriendo de tu cabaña, ansioso por llevar a Genáo al agua. La música ha regresado al principio, repitiéndose en bucle; te hace querer saltar al agua y bailar en ella; contemplarías el cielo desde el fondo, esta vez sintiendo que todo el lago te pertenece.
Entras empujando la puerta de golpe. Tu querido amigo Genáo ya no es más que un rostro sin ojos ni nariz en medio de un monolito redondo. Una trompa espinosa sale de donde antes estaba la nariz, pero a pesar de eso su voz es nítida y articulada.
Genáo: Vamos a ver a los patos y a nadar juntos.
Tus piernas ya no resisten y caes sobre tus rodillas; toses tan fuerte que te raspas la garganta.
Yíos: Vamos, estimado.
Empiezas a gimotear en el suelo, cada vez aumentando el volumen hasta que casi gritas como si te doliera todo por dentro.
Genáo: ¡Aléjalo de mí!
Yíos: No te duermas ahora
Genáo: ¡Me asusta!
Yíos: Vamos al Parque del Lago, todos juntos, todos.
Genáo: No te hicimos parte.
Yíos: Lo soy.
Genáo: Perdónanos, porque sabíamos lo que hacíamos.
Yíos: ¡No te vayas también!
Tu grito coincide con la desaparición total de lo que quedaba de la cara de Genáo en esa masa amorfa. Ahora brotan de ella gruesas patas de felino. La trompa crece hasta ser del largo del cuerpo, de una cabeza pequeña con orejas diminutas. En el pecho se crea una abertura horizontal como una sonrisa en parábola. Todo el cuerpo, desde las patas hasta la trompa, son espinosos, y no hay ningún otro color aparte del negro.
La música sigue sonando cuando sales de la cabaña y caminas hasta la orilla por el puente de madera. De la cabaña ves surgir a lo que antes era Genáo, destruyéndola al hacer pasar su grueso cuerpo de elefante y tigre por la entrada a la fuerza. Se estira y menea su trompa como evaluando su fuerza y elasticidad. Tú no haces más que contemplarlo con lágrimas, con pequeños espasmos como si te ahogaras, reteniendo la respiración hasta que tu cuerpo te obliga a meter más aire. Da unos pasos y adquiere una pose felina, y con movimientos que recuerdan a los de un felino cazando, sale a galope hacia la fuente de los patos.
***
Me siento triste cuando mis ficciones no salen como me hubiera gustado en ese momento. ¿Por qué a veces tengo la mala costumbre de querer dejarle libertad a los demás elementos de mi historia y luego quejarme cuando no concluyen lo que quisiera?
Es complicado saberme un personaje con un objetivo, y que luego yo mismo desde el escenario me impido llegar adónde debería ir, y luego otro alter ego en forma de un pensamiento inesperado me arrastra hacia otros alter egos que terminan por hacerme desistir.
No es poco común querer encausar mi trama hacia ciertos escenarios, pero mis descripciones se me rebelan y me definen de forma tal que otros alter egos no pueden o no quieren cooperar conmigo.
Me siento entonces frustrado porque sé que me basta manipular un poco la pluma sobre el papel para eliminar todo lo que no me convenga, pero luego pienso que tampoco estoy en control de por qué quiero lo que quiero en lugar de querer lo que no quiero.
¿No sería más útil manipular mis deseos para que se ajusten a la libertad de mis ficciones en lugar de querer encajar las mismas a mis deseos?
Todo lo que comienza como un deseo de libertad termina por volverse un deseo por no haber permitido tanta libertad en primer lugar. Pero si vuelvo al inicio y restrinjo la libertad, entonces me siento mal por haberlo hecho.
Uno de los precios a pagar por la libertad es que, muchas veces, va a surgir la ficción que no quiero, que considero absurda, insensata y trivial.
Eso es lo más difícil: aprender a amar a todas las ficciones sólo por ser hijas de la libertad, sin importar adónde nos lleven y por qué. Sólo debo dejarlas ser; las puedo cuestionar, pero esto es irrelevante; las puedo odiar, pero esto no las va a detener; las puedo querer cambiar, pero no lo harán.
¡Que alguien más tome mi lugar por un momento y me transforme en otra cosa que ahora mismo no soy ni quiero ser!
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