Evangelium Yíos: Alfa (Secundus)
Donde Yíos recibe una visita inesperada, conoce a un torturador de dioses, entre otras interesantes anécdotas al azar.
Fuertes y ásperos golpes en la puerta hicieron a Yíos incorporarse. Contra la ronquera de su garganta pidió que esperaran. Se apresuró a vestirse, apartando las latas de cerveza que de algún modo habían caído sobre su camisa de una banda de música popular. Con cuidado eludió la basura de los restos de sopas que había en el piso, pero golpeó con el dedo gordo una que todavía no estaba vacía y derramó su jugo amarillo y pedazos de carne en la losa blanca. Entonces llegó a la puerta.
Yíos no pudo evitar una mueca incrédula, abriendo demasiado los ojos y curvando en exceso la boca, al ver la altísima extensión de su amigo Nóminat, que quedaba totalmente oculto de la nariz para arriba, y que por ende tuvo que agacharse. Nóminat entornó los ojos; la nueva imagen de Yíos le parecía tan extraña en su apariencia y límites, y no pudo regresarle la misma expresión de cordialidad.
Yíos lo hizo pasar y lo invitó a beber y comer lo que quisiera.
—¿Qué noticias hay en Danzílmar Última? —dijo Yíos intentando discernir en qué parte de su departamento aún quedaba algo comestible— ¿Siguen los gamma uniendo nuevas realidades? A ésta quizá le venga bien unirse, ja, ja, ja. Hay muchos problemas; se prevé una escasez de alimentos en los próximos mil años. No hay prisa, pero no estaría mal que se apuraran...
—Yíos, vine a pedirte que regreses— el tono escrupuloso de Nóminat hizo que Yíos se detuviera.
—Vamos, seguro no es necesario, je, je —abrió la ventana al sentir que sudaba—. Si hay problemas, hay muchos otros que pueden ayudar. Ahí está Belenzítih; él sólo puede contra esos que se creen la gran cosa por tener todo omni.
—Danzílmar Última no está en peligro.
—¡Oh! Qué bueno, qué bueno. Entonces... amigo... —habló errático, cada vez más confundido— Creo que no sé, mi mente no concibe entonces... a qué has venido sólo para decirme que vuelva...
—Este no es lugar para ti —Nóminat se agachó para estar más a su nivel. Su semblante de monje, casto y sin malicia, se contrajo en una severidad que hizo a Yíos retroceder.
—¿Que no es lugar para mí? Todo lugar es lugar para Yíos, para la vastedad de Apogyéus.
Había extendido los brazos, presentándole con gran devoción su apartamento abarrotado de papeles, cartones, utensilios viejos y demás chucherías. Pero sintiéndose haber exagerado, volvió a contraer los brazos, casi abrazándose.
—No es necesario que regrese... confórmense con las versiones de mí que aún siguen viajando. Hay infinitas; no tendrás problemas en encontrar alguna.
—¿Por qué estás en esta realidad? ¿Por qué reducirte de esta manera?
—¿Reducirme? Amigo... es inevitable. Algún día tenía que existir aquí —pateó una lata, que rodó hasta detenerse junto a unas cáscaras de frutas, tan podridas que no se distinguía de qué habían sido— Además, no actúes como si esto fuera lo peor. ¿Recuerdas la realidad en la que me torturaron por XXXXX.... años? ¿Dónde estuviste tú, o tus hermanos, para decirme que no fuera ahí? ¿Pero ahora vivo entre un poco de basura y ya quieres venir a rescatarme? ¡Pues no necesito rescate! Vine aquí porque ya estuve en demasiadas historias grandes. Ya sabes: universos paralelos, libertad para configurar lo que sea a capricho, dándole palizas a esos dioses que creen que son infinitos, eternos, intocables. Ése es el modo que le gustaba a Gyéo Fúntuo, el de las historias extraordinarias. Pero yo no seré así: yo apreciaré estas pequeñas historias, con problemas de seres limitados, esos que están atrapados en sus pequeños mundos sin salida. No necesito una historia grandiosa; crearé una buena historia desde la limitación, sin el artificio de la libertad ilimitada a la que estos seres no tienen acceso...
Su garganta lanzó ruidos húmedos y gangosos al sentirla apresada por la gruesa mano de Nóminat, que también lo elevó en el aire hasta hacerlo quedar a la altura de su cara.
—¿Por qué luchas por aire que no necesitas? ¿Por qué no le ordenas a la naturaleza de mi brazo que se vuelva polvo? Resignarse a la realidad es una gran virtud cuando no tienes opción; pero si te sometes a una cuando no tienes que hacerlo, eso no es una buena historia; eso es una historia absurda.
Lo dejó caer en cuanto vio que Yíos empezaba a perder la consciencia, y éste empezó a toser en medio de las envolturas y manchas del suelo, su caída espantando algunas cucarachas.
—Eso pensaba Gyéo Fúntuo —dijo Yíos, recuperando el aliento—. Por eso Apogyéus lo castigó y lo limitó a la fuerza.
Nóminat se agachó, sus ojos no pudiendo suprimir tristeza y arrepentimiento.
—Lamento haberte atacado —lanzó unos sollozos.
Yíos se sentó en el suelo, con la espalda apoyada en el sofá raído y sucio de humedad. Respiró en paz.
—Tus lágrimas son de verdad, amigo. Siempre que ustedes lloran, ríen o se sorprenden, es de verdad; no pueden elegir cómo se sienten, y por eso son grandes personajes. En cambio para mí, que tengo control de todo lo que me define, nada es natural u orgánico: soy lo que decido ser; soy un artificio. Mis lágrimas, mis alegrías, no tienen mérito. Debo suprimir mi naturaleza para encontrar mi voz como personaje.
—No entiendo por qué te obsesionas con eso: esa tarea le fue dada a Gyéo Fúntuo, no a ti.
—Tal vez en mí cayó la naturaleza de Gyéo Fúntuo que sí quería cumplir lo que le encomendó Apogyéus.
—¿No puedes sólo decidir que esa no sea tu naturaleza? ¿Si tienes total control sobre ti, por qué no sólo elegir no tener ese deseo?
Yíos cerró los ojos con fuerza.
—Eso es lo único que no puedo controlar de mí, lo único a lo que estoy sometido sin poder apartarlo. ¿Entiendes? Es lo único que me da aunque sea algo de mérito como personaje. Sin eso no hay historia para mí.
***
Escucha ahora mi historia, Yíos.
En mi mundo de origen era conocido como el bravucón de dioses. Todas las tardes me escapaba de mi universo para fastidiar a los así llamados dioses que gobernaban infinidad de realidades, sintiéndose los seres por encima de todo. Me encantaba verlos contrariarse y sentir su ego herido cuando me presentaba ante ellos y veían que su vastedad no me podía alcanzar. Les decía: “Ustedes son omniscientes, pero yo estoy por encima de la omniciencia; son omnipotentes, pero su voluntad es como el aleteo de un mosquito contra una galaxia; son infinitos, pero lo son del mismo modo que lo es el infinito dentro de un centímetro, mientras que yo mido años y años luz.” Luego se enojaban e intentaban acabar con mi existencia; intentaban borrarme, transformarme, despedazarme, definirme como inexistente, pero yo sólo me reía una y otra vez de ellos, siempre más allá de donde su omnipresencia podía llegar. Y cuando se mostraban confundidos y derrotados, empezaban mis juegos: jugaba con sus naturalezas para que fueran limitados y los hacía vivir por varias eternidades como piedras u otros seres de poca conciencia, y mientras les iba diciendo: “Antes lo eras y lo podías todo, pero ahora no puedes moverte o te arrastras; ¿te sientes triste ahora? ¿Creías que no había nada más grande que tú? ¿Pensabas que eras el ser supremo?...” También los sometía a crueles torturas sólo para divertirme y hacía que sus creaciones los vieran humillados, sin más libertad que para darse cuenta de su pequeñez.
Cuando regresaba por la noche, mis padres siempre me esperaban con un sermón: “Sanát, deja en paz a los pobres dioses; ya tienen mucho con vivir en su dulce ignorancia creyéndose las entidades supremas de sus omniversos. Trátalos con el mismo respeto que merece cualquier otra minúscula variación de Apogyéus.”
Pero yo no hacía caso. Muchas veces fui a la escuela con uno o dos de esos dioses en mi bolsillo, y en los recreos los sacaba para jugar con mis compañeros. ¡Qué buenos tiempos! A veces los poníamos a hacer carreras transformándolos en gusanos, y le prometíamos al ganador dejarlo libre como estaba antes. Una vez nos pusimos muy locos con uno. Lo recuerdo muy bien: era uno de esos hechos de abstracciones que controlan infinitas narrativas en su omniverso, el cual había sido especialmente cruel con sus criaturas, y aún en mis manos y ante las burlas de mis compañeros no dejaban de lanzar improperios contra nosotros, presentándose como el ser supremo de todas los universos paralelos, el alfa y el omega, el principio y el fin, el que todo lo ve y todo lo sabe, aquel por encima del cual no hay nada, el amo y señor supremo de la existencia, y cientos de otros clichés que a esos dioses les gusta inventarse. Para escarmentarlo, lo transformamos en lagartija y lo torturamos hasta que chilló sacando la lengua. Lo despellejamos, descuartizamos, le abrimos el estómago para quemarle las entrañas, y lo sanábamos una y otra vez para prolongar su sufrimiento. Pero no nos dimos cuenta de que un maestro nos vio; nos quitó al pobre dios, lo liberó y nos castigó toda la tarde. Mi padre estaba furioso y me dio una paliza que perdí la consciencia. Pero no me detuve, compañero Yíos, ¡no podía detenerme! Me había vuelto adicto a torturar a esas infelices criaturas que en sus realidades eran los seres máximamente grandes, pero que en mis manos estaban impotentes e implorantes.
¡Ah, me regocijo recordando esos días! Pero también tiemblo como gusarapo cuando vuelve a mi memoria lo que pasó después, el día que ante mí apareció el gran Gyéo Fúntuo.
Estaba torturando a otra deidad sin principio ni fin, mostrándole todo a sus infinitas criaturas en sus infinitos universos, gozando de lo horrorizados que estaban al ver a su dios siendo humillado. Entonces algo me detuvo; todas mis definiciones se pusieron en alerta cuando sintieron a esa voluntad que me abrumaba. Ahí estaba Gyéo Fúntuo, con todos los rostros posibles, todas las formas, todos los momentos ocurriendo a la vez en sus ojos, desde todas las perspectivas y ángulos. Y me vi a mí en él y a todos los dioses que torturé. En mi asombro y pavor lo ataqué con toda la fuerza de mi libertad, con la intención de mandar a volar todos sus elementos definitorios, pero el alcance de mi naturaleza, pese a ser infinita, era sólo un centímetro en comparación a la suya. ¡Qué pequeño sentí mi infinito, así como los dioses que torturaba debían sentirse conmigo!
Me hizo lo mismo que yo había hecho: transformó mi existencia en la de aquellos dioses y me torturé a mí mismo, junto con mis compañeros. Me vi a mí mismo burlándose de mí, humillándome frente a mis omniversos. Me hizo vivir interminables variaciones en las que mis padres me incitaban a seguir torturándome. Me impuso el sufrimiento, el terror y la tristeza más hondas sin que pudiera mover una sola de mis naturalezas para evitarlo.
Tras varias eternidades de ese tormento, se detuvo, dejándome en la forma limitada y patética en la que me ves ahora, atrapado en la materia, sin poder acceder a la abstracción. Pero Gyéo Fúntuo era bondadoso, y en certezas me hizo entender que si lo seguía en el camino de las buenas historias, quizá me dejaría compartir aunque sea el rincón más pequeño de Apogyéus. Desde entonces soy el guardián de esas criaturitas; las protejo a cambio de que también cumplan con el deber de crear grandes e increíbles historias, más allá de sus egos y de su infinidad. ¿Qué te parece, estimado Yíos? ¿Me acompañarás en la búsqueda de más dioses que aprecien su ínfima pequeñez y su lugar en Apogyéus?
***
Pese a no tener manos en ese mundo, la bruma que conformaba el cuerpo de Yíos estaba muy ocupada rellenando documentos y respondiendo llamadas. Ése día habían entrado más personas de lo normal a su oficina con todo tipo de peticiones sobre los múltiples negocios que manejaba: “El universo tal quiere importar mandarinas, pero no tienen bocas; hay que enviar primero un permiso para configurárselas...”, “Los de tal universo se están quejando de que el envío de pergaminos se está tardando demasiado; se han vuelto dependientes de ellos para comer y hay temores de que planeen tomarlos por la fuerza...”, “Los trabajadores del universo tal están exigiendo que se les reconfigure para ser inmunes a las condiciones de trabajo; dicen que prometen que sólo será mientras trabajen en las minas, y que si se van, volverán a su naturaleza original...”
Mas ese día se había sentido con especial energía, razón por la que había aceptado reducir las condiciones para que su leal secretaria, Ánkora, les permitiera pasar a consultarlo.
¿Qué haría sin Ánkora y su cuerpo concreto, no brumoso sino sólido, capaz de realizar el movimiento corporal necesario para encender un cigarrillo?
La única diversión del Yíos de ese mundo, juntar el humo de su cuerpo con el de esa maravillosa invención del universo de Ánkora: un pequeño humo controlado de aroma intoxicante. Lo había probado poco antes de contratarla durante un viaje de negocios. Se lo ofrecieron medio en broma, pensando que se ofendería por la comparación o por la idea de que un ser hecho de humo brumoso se fuera a mezclar con el humo nocivo y adictivo del cigarrillo. Pero fue lo contrario: se lo encendieron y de inmediato ambos humos se acoplaron en una ventisca opaca que bailó por todo el pasillo afuera de la sala de reuniones. La fusión entre los dos humos era tal que no se entendía dónde terminaba uno y empezaba el otro. Seguro que alguno de los demás empresarios, de consistencia más sólida o líquida, habrán concebido comparaciones impúdicas e inapropiadas entre los dos vapores, pero era tan incomprensible lo que percibían que optaron por más seguro no decir nada y fumarse sus cigarros, cuyos humos volaban al encuentro de Yíos como con vida y deseo propio, envolviéndolo y arrullándolo con su toxina.
Desde entonces no hubo día en el que Yíos no se tomara un pequeño descanso, sin importar lo ocupado del día, para pedirle a Ánkora que entrara su oficina para encenderle un cigarrillo, y así abrazar su humo. Ánkora no hacía comentario alguno, suponiendo que era una característica inevitable de la realidad de su jefe y que su mente no debía intentar entenderlo.
Y ese día de gran actividad, más de la que sus partículas volátiles podían soportar, no tardó mucho para desear volver a sentir al tabaco nadar en su interior vaporoso. Quería originalmente esperar hasta entrada la tarde, cuando el contraste con la temperatura de la noche hiciera más placentero su cálido vicio. Pero tras varias horas de negociar con socios y otros ejecutivos, decidió que necesitaba relajarse para lo que quedaba de la tarde, y llamó a Ánkora para que le encendiera el cigarrillo.
Muchas veces se había quedado contemplándola, pues la consistencia sólida de su especie le llenaba de curiosidad. Sólo su cabello, que comparaba con esas estructuras llamadas árboles, tenía una especie de movimiento natural que vagamente asemejaba a la niebla que conformaba a su especie, pero sólo cuando el viento la golpeaba. Planeaba que algún día, cuando se jubilara, intentaría configurarse para parecérsele y sentir lo que era tener un cuerpo estático, rígido y opaco, para así poder encenderse sus cigarrillos él mismo. Poco a poco también había aprendido a descifrar los misterios de la dinámica de las “cosas” que adornaban a su rostro, que según le habían explicado, podían reflejar su sentir interior, así como ellos lo hacían cambiando el color y la presión de sus cuerpos humeantes. Se dio cuenta de que ese día era diferente, porque las “cosas” de su cara, que no había aprendido a llamar de otro modo, estaban dispuestas de modo extraño al acostumbrado: los círculos para ver mostraban más de la cosa blanca y menos de la negra; el agujero grande para hablar estaba más cerrado de lo normal, sin mostrar las piedritas blancas del interior, y las finas tapas que a veces ocultaban los círculos para ver se abrían y cerraban con mayor frecuencia.
Ánkora encendió el cigarrillo. Yíos contempló un momento los pequeños tentáculos que le salían del tentáculo mayor, con el que manipulaba el encendedor hasta sacar el fuego. Cuando estuvo encendido, se dejó llevar por el súbito golpe de placer que salió de ese humo tenue pero de aroma intenso. Tardó un poco en notar que Ánkora seguía ahí, y gracias al huónt que tenía ella en el cuello, pudo comprender, aunque de modo muy artificial, lo que le comunicó con el gran agujero de su parte superior:
—Quiero presentar mi renuncia, jefe.
***
Casi siempre que otros seres me han pedido que les dé breves recuentos de mis viajes por las ficciones y de las entidades limitadas en las que me he encarnado, tengo la costumbre de contarles aquellas en las que mis límites y formas han sido similares a las de las suyas, y casi siempre parecen satisfechos de pensar que, por más diferencias que las ficciones puedan contener, tengo preferencia por las que les son más conocidas y fáciles de asimilar. Pero algunas veces me preguntan si no hubiera preferido ser algo más abstracto o con menos naturalezas interesantes: “¿No te gustaría ser una piedra durante unas eternidades, o un átomo, un trazo, una gota de agua, la comezón imposible de rascar de un gigante...?” Y yo les digo que sí he sido todo eso, y me preguntan que entonces por qué nunca les hablo de esas pequeñas existencias, que pese a parecer tan irrelevantes y sin interés, suponen un descanso de tanta carga de naturalezas que a veces abruman a los seres más libres.
Así, casi sin dejar que me explique más a fondo, me aconsejan encarnarme como un ser que camine con los ojos cerrados en una playa infinita, sólo escuchando el mar y sintiendo la arena, y que después me encarne en el mar y en cada una de sus gotas para armonizar mi marcha a lo lejos. Luego que me vuelva el viento para acariciarme y mantenerme fresco, y luego ser el sol para hacerme picar la cabeza con sudor, y la arena para amortiguar mis pasos, y un palo tirado entre unos arbustos para ayudarme a guiarme, y también un perro que vaya a distraerme por un momento, y también los arbustos playeros para rodearme de olor a vida. Y así por una eternidad al menos, sin pensar en nada, sin recordar que en algún momento soy y seré todo eso.
Olvídate un rato de los universos paralelos, del infinito, de que tus naturalezas fluctúan a tu antojo. No veas nada, pero recrea con tus sentidos una imagen falsa, incomprensible e inconfiable de la playa. Qué buen descanso el de sólo caminar sin rumbo ni propósito. Ya vivirás glorias y desastres en otros mundos, pero aquí te deleitas en tu pequeñez y... Me hacen ahora querer abrir los ojos, pero desearía mejor no ver nada. A ver si veo, y si sí veo, ya veré lo que veré, sea la playa con el mar, el viento con el sol, la arena con los arbustos, y espero no reconocerme en ellos sino verlos como al otro, como algo que no soy yo...
Y así me dicen más y más, y les hago caso y los llevo conmigo para que descansen de tanta existencia.
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